“Londres es una amante muy puta”

Londres juega contigo, se insinúa, se acerca a ti y acaricia tus labios, pero no te toca demasiado. Ella es demasiado exquisita, y se sabe de sus poderes. Este fugaz encuentro es breve pero tan pasional que tu interés erupciona sin control y tu imaginación vuela imaginando los rincones más sórdidos de sus sinuosas curvas. Ella en cambio, tiene otros planes. Inestable y caprichosa, tal y como vino, se marcha manteniendo su fija mirada de deseo penetrándote, haciéndote sentir desnudo y totalmente expuesto. Tus huesos han quedado impregnados de su fragancia y tu mente repite sin descanso el más que insuficiente baile de su piel sobre tu rostro. Y en ese instante ya no hay vuelta atrás, te tiene bajo su falda, o eso crees que es donde a ti gustaría estar. El resto es conocido, ésta como todas las historias de pasión acaban con un tórtolo herido. Pero en este caso, al contrario de lo ocurre en la realidad, solo hay una posible víctima.
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Es difícil buscar algo nuevo que contar sobre esta urbe prolífica pero maliciosa, maligna aunque deliciosa donde lo único que es inalcanzable es ver el sol de una manera consistente aún durante el periodo estival. Cualquier otro deseo por raro o difícil que sea se puede conseguir con suficiente esfuerzo o los billetes de una reina inmortal.
Esta gigante masa de hormigón y cristal conteniendo a 8 millones de bocas, es un sitio capaz de ofrecerte oportunidades inigualables y escupirte acto seguido sin inmutarse al igual que se hace con el hueso de las aceitunas. Pero en ésta vega del Támesis, es probable que nazca un olivo a posteriori, que no será muy útil para dar sombra, pero si una atracción para aquellos inocentes en búsqueda de una tierra en flor. Así pues, Londres, esa perniciosa todopoderosa belleza indomable, consigue en su infinita sabiduría que cada víctima presente prepare la cama de su próximo objetivo. Yo nunca he sido de arrepentirme, y mucho menos de los amores, que siempre conllevan momentos de sangre de espinas, pero hay que saber romper con los amores que matan, porque generalmente son los que nunca jamás terminan. A mí me ha tocado decir adiós, y lo haré de la manera más radical posible para que su olor no me despierte por la noche y su sensual voz no vuelva a sonar en mi cabeza haciéndome recostar en búsqueda de una última caricia y obviando mi nueva cruel realidad. Me llevo una maleta llena de momentos, los besos que me dieron pero sobre todo de los que Londres no quiso darme y estaban escritos.
Aunque lo peor de Londres no es su amor errático e interesado si no su falta de humanidad. Aquí se lleva el individualismo y la eficiencia hasta la más absoluta profesionalidad. Hoy día, me sorprendo empujando a otros paseantes si injustamente están entorpeciendo mi camino y me pongo a la defensiva cuando algún comerciante habla conmigo más de la cuenta. Prácticamente todas mis transacciones comerciales fuera del ámbito profesional son un intercambio perfecto con una máquina, ya que así está previsto y yo mismo no deseo perder ni un segundo de mi tiempo. Cuando vuelvo al sur me impacienta el más mínimo retraso, yo que siempre he estado dispuesto a esperar en la cola más larga para pagar a la cajera guapa.
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Clasificar Londres es imposible pero definir a los ingleses también es tarea complicada. Son de una pasta especial. Los ingleses me gustan, son buena gente. Van cara y dicen lo que piensan sin importar las consecuencias. Lo que ahora se describe como ‘inteligencia emocional’ no es prioritario por estos lares aunque recibamos caros ‘training’ para después saber cómo no aplicar la teoría. En general, no son gente abierta a relacionarse pero una vez confían en ti, y debe pasar un tiempo mas bien largo, pasas a formar parte de la familia como el tío con un acento raro, que nunca se irá por completo. Eso sí, a estos anglosajones no les toques sus cojones ingleses, ni las ventanas de guillotina de sus casas victorianas. Es mejor despertarte helado de frío y gastar calefacción por doquier que alterar cualquier tradición del viejo imperio. Solo así se explica que ellos sigan pasando de un sistema de unidades internacional aunque le toquen las pelotas hasta a la NASA. O que el año fiscal comience el 6 de Abril , por no romper una tradición que empezó hace más de 500 años. En palabras inglesas: “Aprovecharemos cualquier oportunidad para ser especiales”. En realidad, ¿no es acaso lo que todos queremos? En mi opinión, una personalidad muy similar a la vasca, la mía, aunque por diferentes motivos. Nosotros no queremos ser impuestos y ellos desearían seguir imponiendo. Los ingleses son competitivos y siempre quieren ganar pero sin hacer rampa, paradigma de alabar. A mi, la vida me ha enseñado de forma muy sutil, que mi nicho no es ganar si no perder con la piel bañada en sangre, sin haber dejado de pelear ni un segundo del juego. En este rincón, o mejoras o marchas, porque estás muerto.
IMG_2812¿Lo mejor de Londres? Su oferta ilimitada de ocio y cultura. Desde que vivo aquí he comenzado a disfrutar de los museos (con asistencia voluntaria) y la cantidad de historia aún humeante y todo el arte robado al que tienes acceso (que por sus huevos no devolverán) es impresionante.  Música, arquitectura, teatro, comida de cualquier lugar, todo está aquí. Con libras frescas es imposible aburrirse en esta ciudad. Aunque he de confesar que mis mejores momentos ingleses, distan mucho de la intelectualidad quizá por mi razón de ser puramente primaria y animal, y todos ellos engloban una de estas dos variables: el alcohol o el balón. No existe mayor placer que compartir confidencias aderezadas por una cerveza fría, y para eso no hace falta vivir en esta civilizada selva. Y para mi el balón, que siempre ha sido un nexo para conocer gente y  realidades diferentes a la mía, y esta vez tampoco ha sido tampoco una excepción.
¿Mi siguiente destino? Una país tan multicultural que no hay patrón definido, donde describen la nacionalidad canadiense como ‘cualquiera que pueda hacer el amor en una canoa’. Dada mi naturaleza curiosa y teniendo en cuenta que allí hay casi tantas canoas como gente, es muy muy difícil no querer tentar a la suerte.
Randall Stephens
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